miércoles, 1 de octubre de 2008

Palabras

Tan sólo quisiera que agarres mi mano, me mires a los ojos, con la mirada más sincera que tengas me digas que todo está bien, que el amor es más fuerte y va a vencer cualquier cosa, que todo son sólo pequeñas piedras que no van a interferir entre nosotros, que cada día me amas más y que cada día estás más seguro de lo que sentís por mi, que sos feliz conmigo y que te doy todo lo que necesitas. Tal vez algún día lo escuchare. O tal vez no. Pero después de todo son sólo palabras dulces que nutren un poco al corazón. Son palabras que no van a tener importancia si las acciones muestran lo contrario. Ya que lo que importa es lo que hacemos y no tanto lo que decimos.


.:Merchusz:.

viernes, 8 de agosto de 2008

Aprendemos a aceptar, no a sufrir. Y eso nos hace sufrir. Ignoramos la felicidad, hasta que ella nos ignora. A veces tenerlo todo se parece a carecer de todo. Lo que sobra no reemplaza lo que falta. Hay dolores que han perdido la memoria y no recuerdan por qué son dolores. Pero están ahí, aunque estén ocultos. La suma de nuestras lágrimas siempre es inferior a la suma de nuestras penas. En la vida cuanto menos uno cree ser, más soporta. Y si cree ser nada, soporta todo.Es increíble, ¡Cuantos necesitan un diluvio para percibir que llueve! Hay veces que miramos sin ver. Lo tenemos ahí, acá dentro, allá y no lo vemos. Todo cambia en nosotros, menos nosotros. Busquemos superarnos, y no superar. Dirán que andas por un camino equivocado; si andas por tu camino. El ir derecho acorta las distancias y también la vida. Cuando observo este mundo, no soy de este mundo, solo me asomo a este mundo. Solo estoy de visita. Podría ocuparme de mí, pero he olvidado que significa ocuparme de mí.Hablo pensando que no debería hablar, y así hablo. En mi silencio solo falta mi voz pero no quiere decir que haya silencio. Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo. Es por que me ganó, y logro salir al exterior. Hay veces que me encierro en mí para poder volar. Para ir más allá y tal vez no pensar en nada. Dejar que el tiempo fluya y todo pase. Somos solo tiempo. Todo parece un surtido de recortes confusos, mezclados, separados, indefinidos que están perdidos por ahí y necesitan que sean ubicados en su sitio, para que todo vuelva a estar en su lugar. Para que todo sea como antes o aún mejor.
.:Merchusz:.

lunes, 4 de agosto de 2008

Subjuntivo

Supongamos que te despiertes un día desnudo en la cama de un cuarto vacío e impecable, que tu única certeza sea un vago dolor por todo el cuerpo y que sientas que es sólo el residuo de un gran dolor anterior, ya en retirada; que mires alrededor y no reconozcas el lugar ni tu propio rostro en el espejo te diga nada; que disfrutes de la visión del parque en la ventana, que sepas el nombre de las cosas pero no el tuyo. Que apenas el idioma en que esté escrito el diario abandonado junto a tu cabecera te resulte comprensible, pero no los personajes de los que hable, ni la ciudad ni la fecha al pie de un título inexpresivo.
Que en cierto momento alguien entre al cuarto y sepas quedarte sin preguntar pero además compruebes, con alivio inexplicable, que tampoco te pregunten; que en horas y en días sucesivos personas formales e impenetrables se ocupen de alimentarte, vestirte, mostrarte una ciudad que te resulte vagamente familiar, como conocida en un sueño; que todo transcurra de un modo natural, que nadie te ordené nada pero que sepas, simplemente, qué ha de suceder cada día.
Que una noche te despierte el rumor del roce de las sábanas a tu lado y sientas deslizarse un cuerpo desnudo y cálido; que la mujer o el cuerpo que la represente sea joven y saludable, distante pese a la evidencia de su entrega; que su piel tenga el sabor y los detalles de lo conocido; que no sepa su nombre; que cuando respires junto a su boca sientas el aire usado, la devolución de un aliento vivido.
Que te entregues dócil a esas sensaciones y esperes una revelación inminente, y que no llegue.
Que esa noche puedan ser varias noches o una sola interminable, que la mujer pueda ser otras mujeres o la misma, multiforme pero siempre más cómoda y simple al exponer su pasión sin palabras, un silencio elocuente que agradezcas. Que en la facilidad del contacto, en el modo en que la busques cada vez, te acoples, y finalmente la penetres, exista una naturalidad implacable, como si el cuerpo obrara con una rutina sensual que reconozcas pero no puedas describir. Que ella se vuelque una y otra vez sobre ti, como oleadas de cálida memoria que te invadieran desde los sentidos; que su lengua te acaricie el interior de la boca como si no estuvieras allí y sólo existiera el tanteo dulce e insistente en tu secreta oscuridad tras algo perdido que tú poseas y ella busque para mostrarte; que sus pechos te revelen, sutiles, lentos y fugaces, el vello erizado de propia espalda, un mapa ignorado que ella dibuje con leves contactos espaciados, apenas pespuntes que evoquen un dolor ambiguo; que sus muslos te rocen suavísimos pero reiterados, un modo de lijar tiernamente tu piel, de buscar algo más por debajo, como si le quitaran capas de pintura a un mueble antiguo y olvidado de su auténtica madera. Que todo esto suceda una y otra vez y muchas veces pero que finalmente salgas de ese cuerpo y su influencia como de una espiral, lentamente hacia afuera, alejándote de ese centro oscuro hacia la luz, y que en el dragón tatuado sobre el tibio muslo desvelado al amanecer reconozcas el mismo monstruo interrogante que te espere cada mañana en el monograma de las toallas, en la loza de tu mesa diaria.
Que esa revelación no te quite el sueño pero que lo pueble desde entonces.
Supongamos que finalmente, una mañana, alguien cortés pero no cordial te lleve por pasillos largos y salones vacíos hacia la salida, que te suba a un coche negro pero no sombrío, y que recorras con él la ciudad sin nombrarla; que ya en las afueras lleguen a una casona de ladrillos gastados, vieja pero no abandonada, donde tras las cortinas siempre sea de noche; que se te conduzca por pasadizos sucesivos, franqueándote herméticas puertas de hierro y madera hasta llegar a la habitación donde alguien te espere, y que el que te haya llevado le diga, antes de dejarte a solas con él:
—Todo tuyo, Subjuntivo.
Que el hombre que te observe sentado sea gordo y viejo, con cara de niño ferozmente envejecido bajo la luz cenital y única que caiga sobre su escritorio desnudo, sólo ocupado por el ominoso dragón de bronce que reconozcas en un extremo; que sin decir una palabra meta una mano laxa en el interior de la chaqueta y que cuando esperes que extraiga un arma o alguna forma de amenaza sólo te extienda un sobre: que lo abras y descubras en el interior una fotografía en la que dos hombres, ante lo que has de suponer un repentino flash, antepongan las infructuosas palmas de las manos, se aterroricen. Que te resulten desconocidos y lo manifiestes, y que el llamado Subjuntivo no se muestre extrañado sino que te diga, precisa pero casi casualmente:
—Acaso te convenga averiguar quiénes hayan sido estos dos... Dónde, cuándo y por qué hayan estado ahí donde estuvieran en el momento de la foto.
Que al decirlo te señale con un dedo corto y blando el rectángulo en blanco y negro, una ampliación evidente, y que finalmente agregue:
—Hagamos de cuenta que para averiguarlo dispongas de dos semanas de plazo y que puedas utilizar todos los recursos que encuentres en este edificio, puestos a tu disposición.
—¿Una especie de test?—acaso preguntes.
—Supongamos que sí —se te conceda.
—Supongamos que no pueda ni deba negarme... —te atrevas a parodiar.
—...Y supongamos que cuando llegues al final, todo esto haya acabado —acaso concluya él.
Luego se levante, te dé una fría mano tatuada de dragones, y te deje solo.

Pueda ser que una vez más no preguntes nada, que aceptes la tarea con el alivio inexplicable de alguien que se sospechase culpable aunque no supiera de qué. Y pueda ser que durante los siguientes días te empeñes en cumplir tu misión y que no te resulte tan difícil, pues en ese extraño edificio todo y todos no hagan otra cosa que complacerte.
Que tu tiempo se divida desde entonces en largas jornadas diurnas de investigación y noches saturadas de fantasmas sin nombre. Que el día y la penumbra se alimenten ciegamente de una misma sustancia inasible: que durante la vigilia y el trabajo evoques a la reiterada mujer del dragón, luego al dragón aislado sobre la piel, como una rúbrica al final de un documento desconocido, pero que cuando vuelva la oscuridad te lleves al lecho, junto a ella, las obsesiones avivadas por los trabajos del día.
Que en dos semanas, con sorprendente facilidad y utilizando medios que te resulten oscuramente familiares —archivos gráficos completos, dossiers personales que imagines de acceso privado, todos los recursos propios de una organización secreta—, llegues a descubrir la identidad de los extraños; que luego identifiques el lugar, esa sala cinematográfica, ese teatro semiabandonado en el que hayan sido asesinados —pues de eso se trate— y finalmente averigües la fecha exacta, no muy lejana, del crimen. Que llegues a reunir, incluso, todos los datos sobre el asesino —no su identidad, sí sus peripecias: huida, captura y desaparición — y que te atrevas a pedir una reunión con Subjuntivo para mostrarle tus logros.
Que la entrevista te sea concedida y que sean escuchadas con atención tus deducciones sin duda correctas. Que finalmente, cuando hayas terminado tu exposición, Subjuntivo la apruebe con una sonrisa cansada y te diga que nunca hubiera esperado menos de ti. Que en ese momento se lleve por segunda vez la mano al bolsillo interior de la chaqueta y extraiga un nuevo sobre, un poco mayor y más abultado, y te lo entregue para que lo abras. Que saques una carta y una foto; que te detengas primero en ésta, que sea la misma que la anterior pero ampliada — que se pueda ver ahora el signo del dragón tatuado en las palmas de las manos tendidas hacia adelante de los desgraciados — y que, con mayor campo, ahora se te revele la presencia de alguien en primer plano, de espaldas pero reconocible — sobre todo para ti — disparándole a los dos aterrorizados.
Supongamos que el que dispare en la foto seas tú.
Que te asombres, que pidas o des explicaciones pero que Subjuntivo no se inmute ni parezca oírte y sólo te indique
que leas la carta.
Supongamos que la leas, que sea este mismo texto, que acaso en un relámpago de precaria lucidez se te revele ahora el sentido de la tarea encomendada, de esas amables visitas nocturnas, exploradoras sutiles no de tu cuerpo sino de tu memoria; supongamos que cuando levantes la mirada te encuentres con la mía y que yo mismo, Subjuntivo, te diga:
—Supongamos que hayas matado a dos de los míos y que no lo recuerdes. Que ni siquiera sepas quiénes sean los míos o los tuyos y que eso no importe ya. Que en el duro trámite de tu captura hayas perdido accidentalmente la memoria e identidad pero no aptitud y raciocinio. Que no hayamos querido matarte en la ignorancia —-esa forma sutil y tramposa de la inocencia— para que no lo creyeras injusto y te autocomplacieras en el dolor, te otorgaras alguna razón mentirosa.
Supongamos que te hayamos incitado por todos los accesos de la piel y de la mente para develarte tu oscuro secreto; que te desordenáramos los sentidos en el amor o su simulacro, que te entregáramos las claves para que tu inteligencia convocara a la memoria. Supongamos que hayamos creído que para que el castigo fuera tal debieras sentir culpa y no sólo miedo en este momento.
Supongamos, finalmente, que yo sólo haya querido que cuando saque este revólver, dispare y te mate, acaso no sepas quién muera pero sí entiendas por qué.


.:Juan Sasturain:.

sábado, 2 de agosto de 2008

Un llanto azul

Me he cepillado el pelo hasta dejarlo brillante, me he puesto mi vestido verde – el que te gusta – y he cruzado la plaza para llenarme los ojos con esa luz que se cuela entre las copas de los árboles y deja dos escarabajos de oro en mis pupilas. Porque voy a verte. Porque voy a verte aún sabiendo que es para decirte adiós, para que me digas adiós, para que me aprietes las manos entre las tuyas y me hables del amor que ha crecido entre nosotros, pero no es una enredadera que da campanillas violáceas sino una hiedra oscura , que nunca sabrá de flores.
Sé todo lo que va a ocurrir:
Rodará un llanto azul por mi mejilla.
La nombrarás para sentirte menos culpable. Hablarás de ella, de sus años de fervor y entrega, de las tranquilas paredes de tu casa, sacudidas por las pequeñas manchas que les hicieron las manos de tus hijos. Hablarás también de ellos: dirás sus nombres con voz trémula, y yo me estremeceré y los acunaré en mi mente, como si me pertenecieran.
Es tu “yo pecador” hablarme de eso, después de haber soltado amarras, después de haber viajado conmigo entre tus brazos por un mar de ángeles sentenciosos y risas asfixiadas por tus besos y vientos de fuego quemándose en la sencilla y honda ceremonia de la pasión y el estremecimiento. Cuando me confesaste que no eras libre, ya estaba enamorada de vos, ya me querías.
Sentí que el universo se vaciaba y me tragaba en sucesivos terremotos; que me hundía buscando donde apoyar los pies.
Pero te quiero- dijiste.
Y la tierra volvió bajo mis pies, se cerraron las grietas, se soldaron los abismos, todas las cosas volvieron a su lugar.
Tan sólo una pátina gris sobre mi vida, sobre mi cuerpo, oscureciéndose, aplastando mis movimientos hasta volverlos lentos gestos de autómata.
-Pero te quiero.
Me colgué de esas tres palabras para no morir. Entonces empezó la ansiedad de nuestros encuentros.
Empezaste a nombrarla cada vez, a armarla para mí, para que supiera sus colores, sus actos, su forma de pensar.
Tan distinta de mí. Tan distante de vos y, sin embargo, teniéndote. Porque vos no sabías – todavía no sabías- que era ella y no yo quien te tenía.
Y yo lo fui sabiendo – sin querer, sin proponerme saber -, lo fui sabiendo día a día y fui ocultándotelo con miedo de que lo advirtieras.
Mientras no lo supieras me albergarías en un rincón de tu ser y de tu mente y seguirías pensando que yo era tu motor, que yo era la corriente de luz que te impulsaba, tu oasis, tu huerto y engalanado de frutos para el hambre y arroyos para la sed.
Egoísta, aferrada, empecinada, recortándote con el filoso cuchillo de la posesión; recortándote de tu estampa familiar en la que ellos te rodeaban, pude alargar mi agonía.
¿En qué momento descubre el árbol que su verdad es la raíz y no el libre ramaje que lo acerca al cielo y lo agita en el aire?.
¿En qué momento ibas a darte cuenta de esto? Unas semanas más, y sucedió.
Era lo inevitable, lo esperado con miedo, lo presentido. Eran los fantasmas corporizándose.
Me llamaste con una voz triste, pero segura y firme:
-Tengo que hablar con vos, por última vez...
-Bueno...
-Mañana, Ana; mañana a las tres de la tarde.
Y hoy es mañana.
Rodará un llanto azul por mi mejilla en el momento del adiós. Rodará un llanto azul por tu mejilla en el momento de la verdad.
¿Por qué entonces este afán de gustarte, este cruzar la plaza para llenarme de luz dando la hora del encuentro, si sé que va a ser el último y nunca más, nunca, nunca más volveré a verte, volveré a estrecharme contra vos?.
Voy a morir un poco y me acicalo.
Voy al entierro de mi luz y me ilumino.
Voy al martirio y río.
Azucaro el café, lo siento amargo.
Tiemblo, te quiero.
Voy a evitarte una tortura.
Voy a hacer algo por el amor que me recorre, que me aprieta frente al límite de tu olvido.
Llamo al mozo, pago mi café.
Huyo. Huyo de este lugar y del encuentro.
Me esperarás en vano. No verás mis ojos mojados. No tendrás que decirme tu discurso de despedida.
No responderé a tus llamados, si me llamás.
Ya ves te facilito la tarea. Evito que te conviertas en mi verdugo.
No es un acto de arrojo solamente; es una forma de inventarme la manera de creer que hubiera rodado un llanto azul por tu mejilla en el momento de la despedida.
Un llanto azul por mí.
Un llanto azul.
Porque si voy y estás sereno y duro, si voy y tus ojos permanecen secos, será la muerte verdadera, así... puedo llenar de azul este recuerdo.
De un llanto azul, un llanto azul por mí.

.:Poldy Bird:.

miércoles, 2 de julio de 2008

Nacimos el uno para el otro

¿Cómo pudiste abandonarme? Sabes que no puedo vivir sin vos, sos parte de mí. Ahora siento que me falta algo. Me siento desnuda. En las noches paso frío. La soledad me inunda el alma. Pero nadie va a ocupar tu lugar. Nadie puede suplantar tu lugar. Y es por eso que estoy condenada a la nostalgia eterna. Me dijiste que no éramos el uno para el otro. Que desde que tenes uso de razón me venís soportando y que no aguantabas más. Que querías conocer otros lugares, vivir experiencias nuevas, conocer el mundo y que todo eso atado a mi era imposible hacerlo. Que yo no era más que un estorbo en tu vida. Y esas, que fueron tus últimas palabras, las voy a tener que cargar el resto de mi vida. Va a ser una mochila que va a dejar sin consuelo a un corazón que esta quebrantado en mil pedazos. Sinceramente no lo entiendo. Quisiera que me expliques cómo una lapicera puede vivir sin su capuchón. Es como decir que un pulmón viva sin aire o que el amor viva sin pasión. Honestamente no comprendo como me pudiste hacer esto, capuchón! Nosotros nacimos el uno para el otro, tenemos el mismo formato, somos del mismo color, vos fuiste diseñado para mi y yo para vos. Sencillamente no puedo vivir sin vos, capuchón. Además se me va a secar la tinta y ahí si va a ser el fin de mis días. Con tu partida, prácticamente me condenaste a muerte. ¿Y todo por qué? Porque querías conocer una librería entera. Una vez te había llegado el comentario de que eso era el paraíso y desde entonces estas soñando con eso. Era lo único en lo que pensabas y por lo que vivías. ¿Y yo? ¿Todos estos años juntos, fueron en vano? Tantas cosas vividas, tantos momentos compartidos tirados a la borda. No comprendo como pudiste abandonarme después de los años que estuvimos juntos. Esto seguramente pasó porque en este último tiempo te estuviste juntando con la pluma, y ella con sus aires de grandeza te lleno la cabeza con ideas absurdas. Nosotras somos simplemente una birome. Tenemos vidas simples, no aspiramos a mucho. Con que podamos escribir unas cuantas líneas estamos satisfechas. Con que podamos sobrevivir unos años en alguna cartuchera o en un lapicero nos consideramos afortunadas en la vida. Somos sencillamente una lapicera. Pero parece que eso no te alcanzo, y te fuiste en la busca de algo más. Dejándome en completa soledad, incompleta y condenándome a una muerte segura. Las palabras no me alcanzan para manifestar el sentimiento que tengo. Esperanzas que vuelvas, ya no tengo. No tengo noticias de vos hace un par de meses. Y no creo que algún día las vaya a recibir, por lo que ya me resigne a vivir mis últimos meses de vida en una abrumadora soledad y en una dolorosa pena.

.:Merchusz:.

viernes, 30 de mayo de 2008

Cuchillos

A lo largo de la vida uno se acuchilla muchas veces. Se va matando de a poco. Al cambiar, mata a ese otro que alguna vez fue.
Primero a aquel niño que cree que la vida es fácil y no entiende porque los adultos se hacen tantas complicaciones. Luego es cuando sucede el primer suicido, al darse cuenta que la vida es demasiado complicada, que la gente es complicada y que uno se vuelve complicado. Entonces es cuando llega la adolescencia. Pero a la vez se da cuenta de todas las cosas lindas que puede tener la vida, esos momentos compartidos con amigos, esas mariposas en la panza. Es un momento que está lleno de emociones ,de ilusiones y de sueños.
En ese instante es cuando uno piensa qué hacer con su vida: vivir simplemente una vida ,una vida cotidiana o vivir una vida a full, haciendo lo que uno en verdad quiere y ser verdaderamente felíz. Pero todas esas ilusiones quedan bajo tierra para ser suplantadas por el adulto responsable y serio. El cual lleva una vida cotidiana y esconde todas aquellas ilusiones del adolescente. Pero nunca las olvida, siempre aparecen en el fondo , pero para ser nuevamente tapadas por el adulto. Pero hay algo que nunca nos tenemos que olvidar :
Que sea la decisión que elijamos todo depende de uno mismo.


.:Merchusz:.

jueves, 22 de mayo de 2008

Lights go out and I can’t be saved. Tides that I tried to swim against. You’ve put me down upon my knees. Oh I beg, I beg and plead (singing). Come out of things unsaid, shoot an apple of my head (and a). Trouble that can’t be named, tigers waiting to be tamed (singing). You are, you are. Confusion never stops, closing walls and ticking clocks (gonna). Come back and take you home, I could not stop, that you now know (singing). Come out upon my seas, curse missed opportunities (am I). Am I part of the cure, or am I part of the disease (singing). You are And nothing else compares. Oh no nothing else compares. And nothing else compares. You are [continues in background]. Home, home, where I wanted to go ...


.:Cold Play:.