miércoles, 23 de noviembre de 2011

CREO

Creo en la autenticidad del arte, en los colores que resucitan esperanzas dormidas, en sus mezclas y sus purezas.

Creo en la travesura consiente y en el caminar demorado sobre cornisas inciertas, en las expresiones imprevistas y en el olor de la piel recién despierta.

Creo en los mensajes de textos nocturnos, en los impulsos traicioneros, en la simpatía orgullosa y en los valientes vasos que regalan un poco de coraje a aquellos tímidos transeúntes!

Creo en los mundos inventados y en los nativos que viven en ellos, creo en la lujuriosa imaginación y en los detalles que relatan verdades.

Creo en los momentos gloriosos de irse a dormir y en la batucada de los dedos contra el teclado.

Creo en la catarsis desmedida y en la comida que llena el espíritu de algún descreído.

Creo en la brillante noche prematura y en los amaneceres tardíos de los veranos deseados.

Creo en la magia de las casas viejas y abandonadas, creo en sus secretos y sus misterios. Creo en sus sueños frustrados, y en la seriedad con que siguen erguidas.

Creo en la nostálgica felicidad de extrañar, en las manchas en los espejos y en las enojadas ciudades, que gruñen a bocinazos.

En fin, CREO


.:Merchusz:.

martes, 15 de noviembre de 2011

El tablero

El tablero.

Objeto importante que termina siendo como el segundo hogar de cualquier arquitecto. Es ese lugar extraordinario donde crecen, maduran y toman formas ideas amorfas que pretende culminar en lo que sería el proyecto de una casa. El tablero está revestido de formica blanca, es semi rectangular, y en el que sorpresivamente toma vida a través del movimiento ascendente y descendente de la paralela, que parece no cansarse a la hora de tener que indicar con exactitud el horizonte. Un banco de carpintero suele ser el fiel compañero, al que algún tribunal acusó y declaró culpable imputándole una condena de cadena perpetua por un sinfín de crímenes de asesinatos de espaldas de primer grado. En unos estantes cercanos, minas, portaminas, gomas, lápices de colores, algunas puntas 0.5, escuadras, escalímetro y alguna gillete, que sirve para eliminar esas erronas líneas que crecen con la torpeza de una mano distraída, conviven a la espera de ser usadas. El papel vegetal es apoyado sobre la formica blanca sujetada con cintas en los cuatro bordes para que no se mueva, después lentamente las líneas se van trazando con mucha prolijidad, midiendo cada centímetro con toda la delicadeza posible, procurando conseguir la mayor exactitud posible, a la vez de que pretenden ser paredes, vigas o techos. Se necesita mucha concentración, muchos silencios, muchos momentos de quietud frente a una hoja en blanco y un sinfín de cálculos, cuentas, y precisiones que a más de unos se cansaría con solo pensarlo.

Un problema serio, como en muchos otros rubros, es el agotamiento o inexistencia momentánea de inspiración. Cada uno va a tener un estilo propio a la hora de diseñar, y eso mismo es parte de su trabajo, crear su marca característica, que lo diferencie del resto y lo haga único, pero cuán difícil podrá ser generar cosas nuevas y distintas dentro del mismo marco personal. Nada surge, o sólo surge eso ya inventado que muy poco sentido tiene reproducirlo nuevamente, es entonces que inevitablemente se recurre al archivo de revistas para que develen alguna idea para ser robada secretamente. En verdad esto, es un trabajo contaste, es estar atento a cualquier detalle, a cualquier casa, a cualquier calle, a cualquier cuidad que muestre una pizca de originalidad para que automáticamente esta sea guardad en la retina, o afortunadamente puede ser fotografiada y guardada en alguna carpeta atestada de otras inesperadas imágenes que nacieron todas de igual manera.

Un apartado especial merece el momento en que el cliente llega al estudio para empezar un proyecto. Saludos cordiales, sonrisas amenas y un tono amigable hace que las dos partes se sientan cómodas. Parejas, solteros, gente grande o jóvenes, el target es variado y no discrimina, pero todos acarrean el sueño de la casa propia. Los primeros bosquejos emergen, las casas construidas y terminadas en las mentes de los clientes empiezan a ser desplomadas en diferente pedazos para poder ser descriptas con minucidad parte por parte, acto seguido que se reconstruyen, con ciertos agregados personales, en la mente del arquitecto. Esto es solo el comienzo, denominado el ante proyecto, es el momento más largo, creativo y conflictivo. Acá es cuando todo comienza a tomar forma, se elijen desde la distribución de los ambientas hasta los detalles de frisos pasando por fachadas y pintura. Se hace de una manera, se presenta a los clientes que evalúan, y si no están del todo conformes se vuelve a rehacer y todo empieza de nuevo. Son los momentos decisivos y más difíciles que pueden llevar meses de idas y vueltas, pero totalmente necesarias.

Todo parece tomar cierta tranquilidad cuando lo amorfo se estabiliza en la maqueta, esos conjuntos de cartones que cortados y dispuestos de esa manera única proyectan finalmente algo tangible y real, ya no más esos esfuerzos mentales para tratar de entender cómo será, ahora es. Todo está calculado y medido a escala, las paredes de cartones intentan disfrazarse de ladrillos, ayudadas por un efecto misterioso hechas por un lápiz tramposo, y los techos de cartón corrugado interpretan el mejor papel de calurosas tejas.

Finalmente todo está decidido y establecido, comienza el proyecto y con él los cálculos. Diferentes planillas empiezan a ser llenados con números que no parecen decir nada, pero que al albañil parecen decirle todo lo necesario. Una carpeta empieza a ser llenada con cosas que no se entienden, solo el plano y la fachada son líneas descifrables, el resto sufren de una incomprensión eterna. Un día no muy en especial, la obra empieza, el terreno ya deshabitado de toda flora fastidiosa empieza a ser cubierta de un cemento frio y aburrido. Se empieza a poblar de gente, de mates, facturas y tal vez, algún que otro asado comunitario.

Ahora el arquitecto le queda la ardua tarea de corroborar que efectivamente todo eso que, después de tanto tiempo de elaboración finalmente se respete, tratando de que la realidad se vuelva lo factible de lo imaginable.


.:Merchusz:.

Un lugar

Semáforo en rojo. La espera parecía extenderse demasiado como para tolerarla sentada en el asiento del colectivo mucho tiempo más. Juana movía las piernas sin parar, abría la cartera, agarraba el celular y miraba la hora. Lo volvía la guardar para a los cinco minutos volver a hacer la misma secuencia. Estaba ansiosa, quería llegar. Había pasado más de dos meses de la última vez que había estado en Marcos Paz, su ciudad natal, tal vez el adjetivo cuidad sea muy generoso ya que se trata de un pueblo a 50 km de capital, en donde a pesar de que lentamente se va poblando, no dejan de ser una centenar de manzanas habitadas. Es un lugar tranquilo, armonioso y generalmente silencioso, aunque para Juana eso equivaldría a aburrido, había mucha gente que lo encontraba fascinante. Exceptuando por dos calles, las principales, Sarmiento y Avellaneda, que en ciertas horas podía volverse un verdadero caos, el resto gozaban de una total pasividad. Autos circulando, autos estacionados, en doble fila, motos, bicicletas y algunos que otros skates conviven diariamente sobre el mismo asfalto, en calles que no superan al doble carril. Solo dos semáforos sobre la calle Sarmiento, bastantes rudimentarios, ya que fueron confeccionados y donados por la Escuela Técnica, sirven de ayuda y mediadores entre la conflictiva y ya tradicional relación amorosa de transeúntes y automovilistas.

El resto queda librado a la capacidad de las personas de estar atentos mientras se transitan las calles, ya que rara vez se respeta alguna señal de tránsito.

Lo más difícil, tal vez, es sobre todo no distraerse con el paisaje, ya que sus calles son caminos de árboles cuyas copas en primavera-verano se juntan haciendo sentir al caminante que las transita como si estuviese dentro de un túnel de árboles. En verano, funcionan como un aire acondicionado natural, ya que refrescan a todos lo que pasan debajo de ellos y les brindan una sombra valiosa en esos días de calor agobiante. Y en otoño millones de hojas amarillas colgando del cielo, como si estuvieran atadas a las manos y antojo de un titiritero, flotan en un tumultuoso acolchado de hojas, pero contrariamente a lo que estamos acostumbrados a verlas en el piso, estas están en el cielo, va están encima nuestro, porque al ser tantas lo que único que tenemos del cielo es la leve sospecha de que todavía sigue ahí. Claramente esto hace que la vista difícilmente pueda bajar o concentrase en otra cosa tan banal como el tráfico. A pesar de que Juana había nacido ahí, todavía sigue sorprendiéndola este tipo de sueño despierto.


El verde, las hojas, el paisaje y esa extrema familiaridad era lo que más extrañaba. Quería caminar esas calles nuevamente, reconocer caras, recibir saludos improvisados y si no estaba lo suficientemente distraída, contestarle a tiempo con alguna sonrisa tropical.

El colectivo finalmente había entrado en zona, por las ventanas ya se veían largos campos, erguidos arboles y la nostalgia le sacudió el cuerpo. Después del ya clásico recorrido por las mismas calles, ya dañadas por los colectivos que hace años circulan sin cesar por ahí, Juana llegó a destino.

La plaza, ahí es donde todos se bajan, ella ya lo sabía así que, a causa de su ansiedad, dos cuadras antes ya estaba parada

con su tapado negro en la puerta tocando el timbre para bajar. Al bajar del colectivo, una ráfaga de frío la acaricio con rudeza, sintió no estar lo suficientemente abrigada para tal temperamento del clima. Llevaba un bolso y la cartera, que por una gran desigualdad de tamaño, hacian desequilibrarla con pasos torpes e imprecisos. A pesar de eso, tenía que hacer las cinco cuadras hasta su casa con una cierta entereza. El colectivo la dejó en la retaguardia de la plaza, por lo que le tocaba atravesarla por completo. Grandes y frondosos arboles la inundaban la vista, algunas palmeras se mostraban orgullosas de su altura y de esconder en su interior algunas cotorritas que se delataban con su silbido. El camino de cemento y pierdas color ladrillo hacían un poco de contraste a tanto verde y marrón de los troncos. Del otro lado de la plaza, la calle Sarmiento manifestaba la civilización con autos, bocinas y tráfico. Tuvo que esperar unos cuantos minutos para poder cruzar, mientras contemplaba esas caras que comenzaban a serle familiares. En frente de ella, ese bulevar atestado de chicos, parecía ser el único lugar por el que ya quería estar caminando, ya que esa sería la línea directa que la llevaría a su casa, vivía a sólo a treinta metros del extenso bulevar de cuatro cuadras que parecía ser infinito mirado desde este lado de la plaza. Las caminó con tanto placer esas cuadras que pareció no darse cuenta ni de los baches, ni de las baldosas rotas, ni de esas esquinas en subida que la hacía tambalear el bolso, es como si su cuerpo con pura inercia trazaba el recorrido que tan impregnado tiene en su piel de haberlo sentido innumerable veces.

Finalmente estaba en casa, ya no tenía que pensar, ahora todo le saldría automático.


.:Merchusz:.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Palabras

Tan sólo quisiera que agarres mi mano, me mires a los ojos, con la mirada más sincera que tengas me digas que todo está bien, que el amor es más fuerte y va a vencer cualquier cosa, que todo son sólo pequeñas piedras que no van a interferir entre nosotros, que cada día me amas más y que cada día estás más seguro de lo que sentís por mi, que sos feliz conmigo y que te doy todo lo que necesitas. Tal vez algún día lo escuchare. O tal vez no. Pero después de todo son sólo palabras dulces que nutren un poco al corazón. Son palabras que no van a tener importancia si las acciones muestran lo contrario. Ya que lo que importa es lo que hacemos y no tanto lo que decimos.


.:Merchusz:.

viernes, 8 de agosto de 2008

Aprendemos a aceptar, no a sufrir. Y eso nos hace sufrir. Ignoramos la felicidad, hasta que ella nos ignora. A veces tenerlo todo se parece a carecer de todo. Lo que sobra no reemplaza lo que falta. Hay dolores que han perdido la memoria y no recuerdan por qué son dolores. Pero están ahí, aunque estén ocultos. La suma de nuestras lágrimas siempre es inferior a la suma de nuestras penas. En la vida cuanto menos uno cree ser, más soporta. Y si cree ser nada, soporta todo.Es increíble, ¡Cuantos necesitan un diluvio para percibir que llueve! Hay veces que miramos sin ver. Lo tenemos ahí, acá dentro, allá y no lo vemos. Todo cambia en nosotros, menos nosotros. Busquemos superarnos, y no superar. Dirán que andas por un camino equivocado; si andas por tu camino. El ir derecho acorta las distancias y también la vida. Cuando observo este mundo, no soy de este mundo, solo me asomo a este mundo. Solo estoy de visita. Podría ocuparme de mí, pero he olvidado que significa ocuparme de mí.Hablo pensando que no debería hablar, y así hablo. En mi silencio solo falta mi voz pero no quiere decir que haya silencio. Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo. Es por que me ganó, y logro salir al exterior. Hay veces que me encierro en mí para poder volar. Para ir más allá y tal vez no pensar en nada. Dejar que el tiempo fluya y todo pase. Somos solo tiempo. Todo parece un surtido de recortes confusos, mezclados, separados, indefinidos que están perdidos por ahí y necesitan que sean ubicados en su sitio, para que todo vuelva a estar en su lugar. Para que todo sea como antes o aún mejor.
.:Merchusz:.

lunes, 4 de agosto de 2008

Subjuntivo

Supongamos que te despiertes un día desnudo en la cama de un cuarto vacío e impecable, que tu única certeza sea un vago dolor por todo el cuerpo y que sientas que es sólo el residuo de un gran dolor anterior, ya en retirada; que mires alrededor y no reconozcas el lugar ni tu propio rostro en el espejo te diga nada; que disfrutes de la visión del parque en la ventana, que sepas el nombre de las cosas pero no el tuyo. Que apenas el idioma en que esté escrito el diario abandonado junto a tu cabecera te resulte comprensible, pero no los personajes de los que hable, ni la ciudad ni la fecha al pie de un título inexpresivo.
Que en cierto momento alguien entre al cuarto y sepas quedarte sin preguntar pero además compruebes, con alivio inexplicable, que tampoco te pregunten; que en horas y en días sucesivos personas formales e impenetrables se ocupen de alimentarte, vestirte, mostrarte una ciudad que te resulte vagamente familiar, como conocida en un sueño; que todo transcurra de un modo natural, que nadie te ordené nada pero que sepas, simplemente, qué ha de suceder cada día.
Que una noche te despierte el rumor del roce de las sábanas a tu lado y sientas deslizarse un cuerpo desnudo y cálido; que la mujer o el cuerpo que la represente sea joven y saludable, distante pese a la evidencia de su entrega; que su piel tenga el sabor y los detalles de lo conocido; que no sepa su nombre; que cuando respires junto a su boca sientas el aire usado, la devolución de un aliento vivido.
Que te entregues dócil a esas sensaciones y esperes una revelación inminente, y que no llegue.
Que esa noche puedan ser varias noches o una sola interminable, que la mujer pueda ser otras mujeres o la misma, multiforme pero siempre más cómoda y simple al exponer su pasión sin palabras, un silencio elocuente que agradezcas. Que en la facilidad del contacto, en el modo en que la busques cada vez, te acoples, y finalmente la penetres, exista una naturalidad implacable, como si el cuerpo obrara con una rutina sensual que reconozcas pero no puedas describir. Que ella se vuelque una y otra vez sobre ti, como oleadas de cálida memoria que te invadieran desde los sentidos; que su lengua te acaricie el interior de la boca como si no estuvieras allí y sólo existiera el tanteo dulce e insistente en tu secreta oscuridad tras algo perdido que tú poseas y ella busque para mostrarte; que sus pechos te revelen, sutiles, lentos y fugaces, el vello erizado de propia espalda, un mapa ignorado que ella dibuje con leves contactos espaciados, apenas pespuntes que evoquen un dolor ambiguo; que sus muslos te rocen suavísimos pero reiterados, un modo de lijar tiernamente tu piel, de buscar algo más por debajo, como si le quitaran capas de pintura a un mueble antiguo y olvidado de su auténtica madera. Que todo esto suceda una y otra vez y muchas veces pero que finalmente salgas de ese cuerpo y su influencia como de una espiral, lentamente hacia afuera, alejándote de ese centro oscuro hacia la luz, y que en el dragón tatuado sobre el tibio muslo desvelado al amanecer reconozcas el mismo monstruo interrogante que te espere cada mañana en el monograma de las toallas, en la loza de tu mesa diaria.
Que esa revelación no te quite el sueño pero que lo pueble desde entonces.
Supongamos que finalmente, una mañana, alguien cortés pero no cordial te lleve por pasillos largos y salones vacíos hacia la salida, que te suba a un coche negro pero no sombrío, y que recorras con él la ciudad sin nombrarla; que ya en las afueras lleguen a una casona de ladrillos gastados, vieja pero no abandonada, donde tras las cortinas siempre sea de noche; que se te conduzca por pasadizos sucesivos, franqueándote herméticas puertas de hierro y madera hasta llegar a la habitación donde alguien te espere, y que el que te haya llevado le diga, antes de dejarte a solas con él:
—Todo tuyo, Subjuntivo.
Que el hombre que te observe sentado sea gordo y viejo, con cara de niño ferozmente envejecido bajo la luz cenital y única que caiga sobre su escritorio desnudo, sólo ocupado por el ominoso dragón de bronce que reconozcas en un extremo; que sin decir una palabra meta una mano laxa en el interior de la chaqueta y que cuando esperes que extraiga un arma o alguna forma de amenaza sólo te extienda un sobre: que lo abras y descubras en el interior una fotografía en la que dos hombres, ante lo que has de suponer un repentino flash, antepongan las infructuosas palmas de las manos, se aterroricen. Que te resulten desconocidos y lo manifiestes, y que el llamado Subjuntivo no se muestre extrañado sino que te diga, precisa pero casi casualmente:
—Acaso te convenga averiguar quiénes hayan sido estos dos... Dónde, cuándo y por qué hayan estado ahí donde estuvieran en el momento de la foto.
Que al decirlo te señale con un dedo corto y blando el rectángulo en blanco y negro, una ampliación evidente, y que finalmente agregue:
—Hagamos de cuenta que para averiguarlo dispongas de dos semanas de plazo y que puedas utilizar todos los recursos que encuentres en este edificio, puestos a tu disposición.
—¿Una especie de test?—acaso preguntes.
—Supongamos que sí —se te conceda.
—Supongamos que no pueda ni deba negarme... —te atrevas a parodiar.
—...Y supongamos que cuando llegues al final, todo esto haya acabado —acaso concluya él.
Luego se levante, te dé una fría mano tatuada de dragones, y te deje solo.

Pueda ser que una vez más no preguntes nada, que aceptes la tarea con el alivio inexplicable de alguien que se sospechase culpable aunque no supiera de qué. Y pueda ser que durante los siguientes días te empeñes en cumplir tu misión y que no te resulte tan difícil, pues en ese extraño edificio todo y todos no hagan otra cosa que complacerte.
Que tu tiempo se divida desde entonces en largas jornadas diurnas de investigación y noches saturadas de fantasmas sin nombre. Que el día y la penumbra se alimenten ciegamente de una misma sustancia inasible: que durante la vigilia y el trabajo evoques a la reiterada mujer del dragón, luego al dragón aislado sobre la piel, como una rúbrica al final de un documento desconocido, pero que cuando vuelva la oscuridad te lleves al lecho, junto a ella, las obsesiones avivadas por los trabajos del día.
Que en dos semanas, con sorprendente facilidad y utilizando medios que te resulten oscuramente familiares —archivos gráficos completos, dossiers personales que imagines de acceso privado, todos los recursos propios de una organización secreta—, llegues a descubrir la identidad de los extraños; que luego identifiques el lugar, esa sala cinematográfica, ese teatro semiabandonado en el que hayan sido asesinados —pues de eso se trate— y finalmente averigües la fecha exacta, no muy lejana, del crimen. Que llegues a reunir, incluso, todos los datos sobre el asesino —no su identidad, sí sus peripecias: huida, captura y desaparición — y que te atrevas a pedir una reunión con Subjuntivo para mostrarle tus logros.
Que la entrevista te sea concedida y que sean escuchadas con atención tus deducciones sin duda correctas. Que finalmente, cuando hayas terminado tu exposición, Subjuntivo la apruebe con una sonrisa cansada y te diga que nunca hubiera esperado menos de ti. Que en ese momento se lleve por segunda vez la mano al bolsillo interior de la chaqueta y extraiga un nuevo sobre, un poco mayor y más abultado, y te lo entregue para que lo abras. Que saques una carta y una foto; que te detengas primero en ésta, que sea la misma que la anterior pero ampliada — que se pueda ver ahora el signo del dragón tatuado en las palmas de las manos tendidas hacia adelante de los desgraciados — y que, con mayor campo, ahora se te revele la presencia de alguien en primer plano, de espaldas pero reconocible — sobre todo para ti — disparándole a los dos aterrorizados.
Supongamos que el que dispare en la foto seas tú.
Que te asombres, que pidas o des explicaciones pero que Subjuntivo no se inmute ni parezca oírte y sólo te indique
que leas la carta.
Supongamos que la leas, que sea este mismo texto, que acaso en un relámpago de precaria lucidez se te revele ahora el sentido de la tarea encomendada, de esas amables visitas nocturnas, exploradoras sutiles no de tu cuerpo sino de tu memoria; supongamos que cuando levantes la mirada te encuentres con la mía y que yo mismo, Subjuntivo, te diga:
—Supongamos que hayas matado a dos de los míos y que no lo recuerdes. Que ni siquiera sepas quiénes sean los míos o los tuyos y que eso no importe ya. Que en el duro trámite de tu captura hayas perdido accidentalmente la memoria e identidad pero no aptitud y raciocinio. Que no hayamos querido matarte en la ignorancia —-esa forma sutil y tramposa de la inocencia— para que no lo creyeras injusto y te autocomplacieras en el dolor, te otorgaras alguna razón mentirosa.
Supongamos que te hayamos incitado por todos los accesos de la piel y de la mente para develarte tu oscuro secreto; que te desordenáramos los sentidos en el amor o su simulacro, que te entregáramos las claves para que tu inteligencia convocara a la memoria. Supongamos que hayamos creído que para que el castigo fuera tal debieras sentir culpa y no sólo miedo en este momento.
Supongamos, finalmente, que yo sólo haya querido que cuando saque este revólver, dispare y te mate, acaso no sepas quién muera pero sí entiendas por qué.


.:Juan Sasturain:.

sábado, 2 de agosto de 2008

Un llanto azul

Me he cepillado el pelo hasta dejarlo brillante, me he puesto mi vestido verde – el que te gusta – y he cruzado la plaza para llenarme los ojos con esa luz que se cuela entre las copas de los árboles y deja dos escarabajos de oro en mis pupilas. Porque voy a verte. Porque voy a verte aún sabiendo que es para decirte adiós, para que me digas adiós, para que me aprietes las manos entre las tuyas y me hables del amor que ha crecido entre nosotros, pero no es una enredadera que da campanillas violáceas sino una hiedra oscura , que nunca sabrá de flores.
Sé todo lo que va a ocurrir:
Rodará un llanto azul por mi mejilla.
La nombrarás para sentirte menos culpable. Hablarás de ella, de sus años de fervor y entrega, de las tranquilas paredes de tu casa, sacudidas por las pequeñas manchas que les hicieron las manos de tus hijos. Hablarás también de ellos: dirás sus nombres con voz trémula, y yo me estremeceré y los acunaré en mi mente, como si me pertenecieran.
Es tu “yo pecador” hablarme de eso, después de haber soltado amarras, después de haber viajado conmigo entre tus brazos por un mar de ángeles sentenciosos y risas asfixiadas por tus besos y vientos de fuego quemándose en la sencilla y honda ceremonia de la pasión y el estremecimiento. Cuando me confesaste que no eras libre, ya estaba enamorada de vos, ya me querías.
Sentí que el universo se vaciaba y me tragaba en sucesivos terremotos; que me hundía buscando donde apoyar los pies.
Pero te quiero- dijiste.
Y la tierra volvió bajo mis pies, se cerraron las grietas, se soldaron los abismos, todas las cosas volvieron a su lugar.
Tan sólo una pátina gris sobre mi vida, sobre mi cuerpo, oscureciéndose, aplastando mis movimientos hasta volverlos lentos gestos de autómata.
-Pero te quiero.
Me colgué de esas tres palabras para no morir. Entonces empezó la ansiedad de nuestros encuentros.
Empezaste a nombrarla cada vez, a armarla para mí, para que supiera sus colores, sus actos, su forma de pensar.
Tan distinta de mí. Tan distante de vos y, sin embargo, teniéndote. Porque vos no sabías – todavía no sabías- que era ella y no yo quien te tenía.
Y yo lo fui sabiendo – sin querer, sin proponerme saber -, lo fui sabiendo día a día y fui ocultándotelo con miedo de que lo advirtieras.
Mientras no lo supieras me albergarías en un rincón de tu ser y de tu mente y seguirías pensando que yo era tu motor, que yo era la corriente de luz que te impulsaba, tu oasis, tu huerto y engalanado de frutos para el hambre y arroyos para la sed.
Egoísta, aferrada, empecinada, recortándote con el filoso cuchillo de la posesión; recortándote de tu estampa familiar en la que ellos te rodeaban, pude alargar mi agonía.
¿En qué momento descubre el árbol que su verdad es la raíz y no el libre ramaje que lo acerca al cielo y lo agita en el aire?.
¿En qué momento ibas a darte cuenta de esto? Unas semanas más, y sucedió.
Era lo inevitable, lo esperado con miedo, lo presentido. Eran los fantasmas corporizándose.
Me llamaste con una voz triste, pero segura y firme:
-Tengo que hablar con vos, por última vez...
-Bueno...
-Mañana, Ana; mañana a las tres de la tarde.
Y hoy es mañana.
Rodará un llanto azul por mi mejilla en el momento del adiós. Rodará un llanto azul por tu mejilla en el momento de la verdad.
¿Por qué entonces este afán de gustarte, este cruzar la plaza para llenarme de luz dando la hora del encuentro, si sé que va a ser el último y nunca más, nunca, nunca más volveré a verte, volveré a estrecharme contra vos?.
Voy a morir un poco y me acicalo.
Voy al entierro de mi luz y me ilumino.
Voy al martirio y río.
Azucaro el café, lo siento amargo.
Tiemblo, te quiero.
Voy a evitarte una tortura.
Voy a hacer algo por el amor que me recorre, que me aprieta frente al límite de tu olvido.
Llamo al mozo, pago mi café.
Huyo. Huyo de este lugar y del encuentro.
Me esperarás en vano. No verás mis ojos mojados. No tendrás que decirme tu discurso de despedida.
No responderé a tus llamados, si me llamás.
Ya ves te facilito la tarea. Evito que te conviertas en mi verdugo.
No es un acto de arrojo solamente; es una forma de inventarme la manera de creer que hubiera rodado un llanto azul por tu mejilla en el momento de la despedida.
Un llanto azul por mí.
Un llanto azul.
Porque si voy y estás sereno y duro, si voy y tus ojos permanecen secos, será la muerte verdadera, así... puedo llenar de azul este recuerdo.
De un llanto azul, un llanto azul por mí.

.:Poldy Bird:.