martes, 15 de noviembre de 2011

Un lugar

Semáforo en rojo. La espera parecía extenderse demasiado como para tolerarla sentada en el asiento del colectivo mucho tiempo más. Juana movía las piernas sin parar, abría la cartera, agarraba el celular y miraba la hora. Lo volvía la guardar para a los cinco minutos volver a hacer la misma secuencia. Estaba ansiosa, quería llegar. Había pasado más de dos meses de la última vez que había estado en Marcos Paz, su ciudad natal, tal vez el adjetivo cuidad sea muy generoso ya que se trata de un pueblo a 50 km de capital, en donde a pesar de que lentamente se va poblando, no dejan de ser una centenar de manzanas habitadas. Es un lugar tranquilo, armonioso y generalmente silencioso, aunque para Juana eso equivaldría a aburrido, había mucha gente que lo encontraba fascinante. Exceptuando por dos calles, las principales, Sarmiento y Avellaneda, que en ciertas horas podía volverse un verdadero caos, el resto gozaban de una total pasividad. Autos circulando, autos estacionados, en doble fila, motos, bicicletas y algunos que otros skates conviven diariamente sobre el mismo asfalto, en calles que no superan al doble carril. Solo dos semáforos sobre la calle Sarmiento, bastantes rudimentarios, ya que fueron confeccionados y donados por la Escuela Técnica, sirven de ayuda y mediadores entre la conflictiva y ya tradicional relación amorosa de transeúntes y automovilistas.

El resto queda librado a la capacidad de las personas de estar atentos mientras se transitan las calles, ya que rara vez se respeta alguna señal de tránsito.

Lo más difícil, tal vez, es sobre todo no distraerse con el paisaje, ya que sus calles son caminos de árboles cuyas copas en primavera-verano se juntan haciendo sentir al caminante que las transita como si estuviese dentro de un túnel de árboles. En verano, funcionan como un aire acondicionado natural, ya que refrescan a todos lo que pasan debajo de ellos y les brindan una sombra valiosa en esos días de calor agobiante. Y en otoño millones de hojas amarillas colgando del cielo, como si estuvieran atadas a las manos y antojo de un titiritero, flotan en un tumultuoso acolchado de hojas, pero contrariamente a lo que estamos acostumbrados a verlas en el piso, estas están en el cielo, va están encima nuestro, porque al ser tantas lo que único que tenemos del cielo es la leve sospecha de que todavía sigue ahí. Claramente esto hace que la vista difícilmente pueda bajar o concentrase en otra cosa tan banal como el tráfico. A pesar de que Juana había nacido ahí, todavía sigue sorprendiéndola este tipo de sueño despierto.


El verde, las hojas, el paisaje y esa extrema familiaridad era lo que más extrañaba. Quería caminar esas calles nuevamente, reconocer caras, recibir saludos improvisados y si no estaba lo suficientemente distraída, contestarle a tiempo con alguna sonrisa tropical.

El colectivo finalmente había entrado en zona, por las ventanas ya se veían largos campos, erguidos arboles y la nostalgia le sacudió el cuerpo. Después del ya clásico recorrido por las mismas calles, ya dañadas por los colectivos que hace años circulan sin cesar por ahí, Juana llegó a destino.

La plaza, ahí es donde todos se bajan, ella ya lo sabía así que, a causa de su ansiedad, dos cuadras antes ya estaba parada

con su tapado negro en la puerta tocando el timbre para bajar. Al bajar del colectivo, una ráfaga de frío la acaricio con rudeza, sintió no estar lo suficientemente abrigada para tal temperamento del clima. Llevaba un bolso y la cartera, que por una gran desigualdad de tamaño, hacian desequilibrarla con pasos torpes e imprecisos. A pesar de eso, tenía que hacer las cinco cuadras hasta su casa con una cierta entereza. El colectivo la dejó en la retaguardia de la plaza, por lo que le tocaba atravesarla por completo. Grandes y frondosos arboles la inundaban la vista, algunas palmeras se mostraban orgullosas de su altura y de esconder en su interior algunas cotorritas que se delataban con su silbido. El camino de cemento y pierdas color ladrillo hacían un poco de contraste a tanto verde y marrón de los troncos. Del otro lado de la plaza, la calle Sarmiento manifestaba la civilización con autos, bocinas y tráfico. Tuvo que esperar unos cuantos minutos para poder cruzar, mientras contemplaba esas caras que comenzaban a serle familiares. En frente de ella, ese bulevar atestado de chicos, parecía ser el único lugar por el que ya quería estar caminando, ya que esa sería la línea directa que la llevaría a su casa, vivía a sólo a treinta metros del extenso bulevar de cuatro cuadras que parecía ser infinito mirado desde este lado de la plaza. Las caminó con tanto placer esas cuadras que pareció no darse cuenta ni de los baches, ni de las baldosas rotas, ni de esas esquinas en subida que la hacía tambalear el bolso, es como si su cuerpo con pura inercia trazaba el recorrido que tan impregnado tiene en su piel de haberlo sentido innumerable veces.

Finalmente estaba en casa, ya no tenía que pensar, ahora todo le saldría automático.


.:Merchusz:.

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