miércoles, 23 de noviembre de 2011

CREO

Creo en la autenticidad del arte, en los colores que resucitan esperanzas dormidas, en sus mezclas y sus purezas.

Creo en la travesura consiente y en el caminar demorado sobre cornisas inciertas, en las expresiones imprevistas y en el olor de la piel recién despierta.

Creo en los mensajes de textos nocturnos, en los impulsos traicioneros, en la simpatía orgullosa y en los valientes vasos que regalan un poco de coraje a aquellos tímidos transeúntes!

Creo en los mundos inventados y en los nativos que viven en ellos, creo en la lujuriosa imaginación y en los detalles que relatan verdades.

Creo en los momentos gloriosos de irse a dormir y en la batucada de los dedos contra el teclado.

Creo en la catarsis desmedida y en la comida que llena el espíritu de algún descreído.

Creo en la brillante noche prematura y en los amaneceres tardíos de los veranos deseados.

Creo en la magia de las casas viejas y abandonadas, creo en sus secretos y sus misterios. Creo en sus sueños frustrados, y en la seriedad con que siguen erguidas.

Creo en la nostálgica felicidad de extrañar, en las manchas en los espejos y en las enojadas ciudades, que gruñen a bocinazos.

En fin, CREO


.:Merchusz:.

martes, 15 de noviembre de 2011

El tablero

El tablero.

Objeto importante que termina siendo como el segundo hogar de cualquier arquitecto. Es ese lugar extraordinario donde crecen, maduran y toman formas ideas amorfas que pretende culminar en lo que sería el proyecto de una casa. El tablero está revestido de formica blanca, es semi rectangular, y en el que sorpresivamente toma vida a través del movimiento ascendente y descendente de la paralela, que parece no cansarse a la hora de tener que indicar con exactitud el horizonte. Un banco de carpintero suele ser el fiel compañero, al que algún tribunal acusó y declaró culpable imputándole una condena de cadena perpetua por un sinfín de crímenes de asesinatos de espaldas de primer grado. En unos estantes cercanos, minas, portaminas, gomas, lápices de colores, algunas puntas 0.5, escuadras, escalímetro y alguna gillete, que sirve para eliminar esas erronas líneas que crecen con la torpeza de una mano distraída, conviven a la espera de ser usadas. El papel vegetal es apoyado sobre la formica blanca sujetada con cintas en los cuatro bordes para que no se mueva, después lentamente las líneas se van trazando con mucha prolijidad, midiendo cada centímetro con toda la delicadeza posible, procurando conseguir la mayor exactitud posible, a la vez de que pretenden ser paredes, vigas o techos. Se necesita mucha concentración, muchos silencios, muchos momentos de quietud frente a una hoja en blanco y un sinfín de cálculos, cuentas, y precisiones que a más de unos se cansaría con solo pensarlo.

Un problema serio, como en muchos otros rubros, es el agotamiento o inexistencia momentánea de inspiración. Cada uno va a tener un estilo propio a la hora de diseñar, y eso mismo es parte de su trabajo, crear su marca característica, que lo diferencie del resto y lo haga único, pero cuán difícil podrá ser generar cosas nuevas y distintas dentro del mismo marco personal. Nada surge, o sólo surge eso ya inventado que muy poco sentido tiene reproducirlo nuevamente, es entonces que inevitablemente se recurre al archivo de revistas para que develen alguna idea para ser robada secretamente. En verdad esto, es un trabajo contaste, es estar atento a cualquier detalle, a cualquier casa, a cualquier calle, a cualquier cuidad que muestre una pizca de originalidad para que automáticamente esta sea guardad en la retina, o afortunadamente puede ser fotografiada y guardada en alguna carpeta atestada de otras inesperadas imágenes que nacieron todas de igual manera.

Un apartado especial merece el momento en que el cliente llega al estudio para empezar un proyecto. Saludos cordiales, sonrisas amenas y un tono amigable hace que las dos partes se sientan cómodas. Parejas, solteros, gente grande o jóvenes, el target es variado y no discrimina, pero todos acarrean el sueño de la casa propia. Los primeros bosquejos emergen, las casas construidas y terminadas en las mentes de los clientes empiezan a ser desplomadas en diferente pedazos para poder ser descriptas con minucidad parte por parte, acto seguido que se reconstruyen, con ciertos agregados personales, en la mente del arquitecto. Esto es solo el comienzo, denominado el ante proyecto, es el momento más largo, creativo y conflictivo. Acá es cuando todo comienza a tomar forma, se elijen desde la distribución de los ambientas hasta los detalles de frisos pasando por fachadas y pintura. Se hace de una manera, se presenta a los clientes que evalúan, y si no están del todo conformes se vuelve a rehacer y todo empieza de nuevo. Son los momentos decisivos y más difíciles que pueden llevar meses de idas y vueltas, pero totalmente necesarias.

Todo parece tomar cierta tranquilidad cuando lo amorfo se estabiliza en la maqueta, esos conjuntos de cartones que cortados y dispuestos de esa manera única proyectan finalmente algo tangible y real, ya no más esos esfuerzos mentales para tratar de entender cómo será, ahora es. Todo está calculado y medido a escala, las paredes de cartones intentan disfrazarse de ladrillos, ayudadas por un efecto misterioso hechas por un lápiz tramposo, y los techos de cartón corrugado interpretan el mejor papel de calurosas tejas.

Finalmente todo está decidido y establecido, comienza el proyecto y con él los cálculos. Diferentes planillas empiezan a ser llenados con números que no parecen decir nada, pero que al albañil parecen decirle todo lo necesario. Una carpeta empieza a ser llenada con cosas que no se entienden, solo el plano y la fachada son líneas descifrables, el resto sufren de una incomprensión eterna. Un día no muy en especial, la obra empieza, el terreno ya deshabitado de toda flora fastidiosa empieza a ser cubierta de un cemento frio y aburrido. Se empieza a poblar de gente, de mates, facturas y tal vez, algún que otro asado comunitario.

Ahora el arquitecto le queda la ardua tarea de corroborar que efectivamente todo eso que, después de tanto tiempo de elaboración finalmente se respete, tratando de que la realidad se vuelva lo factible de lo imaginable.


.:Merchusz:.

Un lugar

Semáforo en rojo. La espera parecía extenderse demasiado como para tolerarla sentada en el asiento del colectivo mucho tiempo más. Juana movía las piernas sin parar, abría la cartera, agarraba el celular y miraba la hora. Lo volvía la guardar para a los cinco minutos volver a hacer la misma secuencia. Estaba ansiosa, quería llegar. Había pasado más de dos meses de la última vez que había estado en Marcos Paz, su ciudad natal, tal vez el adjetivo cuidad sea muy generoso ya que se trata de un pueblo a 50 km de capital, en donde a pesar de que lentamente se va poblando, no dejan de ser una centenar de manzanas habitadas. Es un lugar tranquilo, armonioso y generalmente silencioso, aunque para Juana eso equivaldría a aburrido, había mucha gente que lo encontraba fascinante. Exceptuando por dos calles, las principales, Sarmiento y Avellaneda, que en ciertas horas podía volverse un verdadero caos, el resto gozaban de una total pasividad. Autos circulando, autos estacionados, en doble fila, motos, bicicletas y algunos que otros skates conviven diariamente sobre el mismo asfalto, en calles que no superan al doble carril. Solo dos semáforos sobre la calle Sarmiento, bastantes rudimentarios, ya que fueron confeccionados y donados por la Escuela Técnica, sirven de ayuda y mediadores entre la conflictiva y ya tradicional relación amorosa de transeúntes y automovilistas.

El resto queda librado a la capacidad de las personas de estar atentos mientras se transitan las calles, ya que rara vez se respeta alguna señal de tránsito.

Lo más difícil, tal vez, es sobre todo no distraerse con el paisaje, ya que sus calles son caminos de árboles cuyas copas en primavera-verano se juntan haciendo sentir al caminante que las transita como si estuviese dentro de un túnel de árboles. En verano, funcionan como un aire acondicionado natural, ya que refrescan a todos lo que pasan debajo de ellos y les brindan una sombra valiosa en esos días de calor agobiante. Y en otoño millones de hojas amarillas colgando del cielo, como si estuvieran atadas a las manos y antojo de un titiritero, flotan en un tumultuoso acolchado de hojas, pero contrariamente a lo que estamos acostumbrados a verlas en el piso, estas están en el cielo, va están encima nuestro, porque al ser tantas lo que único que tenemos del cielo es la leve sospecha de que todavía sigue ahí. Claramente esto hace que la vista difícilmente pueda bajar o concentrase en otra cosa tan banal como el tráfico. A pesar de que Juana había nacido ahí, todavía sigue sorprendiéndola este tipo de sueño despierto.


El verde, las hojas, el paisaje y esa extrema familiaridad era lo que más extrañaba. Quería caminar esas calles nuevamente, reconocer caras, recibir saludos improvisados y si no estaba lo suficientemente distraída, contestarle a tiempo con alguna sonrisa tropical.

El colectivo finalmente había entrado en zona, por las ventanas ya se veían largos campos, erguidos arboles y la nostalgia le sacudió el cuerpo. Después del ya clásico recorrido por las mismas calles, ya dañadas por los colectivos que hace años circulan sin cesar por ahí, Juana llegó a destino.

La plaza, ahí es donde todos se bajan, ella ya lo sabía así que, a causa de su ansiedad, dos cuadras antes ya estaba parada

con su tapado negro en la puerta tocando el timbre para bajar. Al bajar del colectivo, una ráfaga de frío la acaricio con rudeza, sintió no estar lo suficientemente abrigada para tal temperamento del clima. Llevaba un bolso y la cartera, que por una gran desigualdad de tamaño, hacian desequilibrarla con pasos torpes e imprecisos. A pesar de eso, tenía que hacer las cinco cuadras hasta su casa con una cierta entereza. El colectivo la dejó en la retaguardia de la plaza, por lo que le tocaba atravesarla por completo. Grandes y frondosos arboles la inundaban la vista, algunas palmeras se mostraban orgullosas de su altura y de esconder en su interior algunas cotorritas que se delataban con su silbido. El camino de cemento y pierdas color ladrillo hacían un poco de contraste a tanto verde y marrón de los troncos. Del otro lado de la plaza, la calle Sarmiento manifestaba la civilización con autos, bocinas y tráfico. Tuvo que esperar unos cuantos minutos para poder cruzar, mientras contemplaba esas caras que comenzaban a serle familiares. En frente de ella, ese bulevar atestado de chicos, parecía ser el único lugar por el que ya quería estar caminando, ya que esa sería la línea directa que la llevaría a su casa, vivía a sólo a treinta metros del extenso bulevar de cuatro cuadras que parecía ser infinito mirado desde este lado de la plaza. Las caminó con tanto placer esas cuadras que pareció no darse cuenta ni de los baches, ni de las baldosas rotas, ni de esas esquinas en subida que la hacía tambalear el bolso, es como si su cuerpo con pura inercia trazaba el recorrido que tan impregnado tiene en su piel de haberlo sentido innumerable veces.

Finalmente estaba en casa, ya no tenía que pensar, ahora todo le saldría automático.


.:Merchusz:.